¿A QUIÉN LE SIRVEN LOS CONSEJOS?

Los consejos son como el rollo de papel higiénico: cuando están disponibles para su empleo, nadie parece notarlos, pero en el momento en que son necesarios pero no están disponibles, allí aparece la desesperación… Es decir, sólo deberían estar allí esperando para cuando alguien los necesita, y si los solicita, porque entonces recién allí serán apreciados. Además… ¿Que suele hacer la gente con el papel higiénico?

O sea, por comparación, no podemos ir por la vida regalando consejos, porque sería como ir regalando rollos de papel higiénico por la calle.

Imaginemos la situación de repartir este tipo de papel por la calle: nadie va va a entender el porqué, otros se reirán de nuestra ocurrencia y hasta de nosotros, probablemente no haya quien lo acepte y gran parte puede llegar a sentirse molesto u ofendido.

Alguien me dijo una vez: “Los consejos sólo le sirven al que los da”. En realidad, si fuéramos una sociedad sana, un consejo sería bien recibido aún cuando no estuviéramos de acuerdo con él, porque sería considerado como un gesto de buena voluntad de parte de la otra persona. Convendría escucharlo y tenerlo en cuenta, aunque no estemos de acuerdo, porque muchas veces con el tiempo comprendemos que estamos equivocados y nos preguntamos… ¿Cómo fue que no lo vi en ese entonces?

Pero la nuestra no es una sociedad sana. Si así fuera, hasta una crítica de cualquier tipo sería bienvenida porque analizarla nos ayudaría a reforzar nuestro proceder o a cuestionarlo en vías de perfeccionarlo.  Cuando el dueño de un concesionario importante de motos de la zona se vio obligado a recibirme (sin muchas ganas) por un reclamo justo que le estaba haciendo, le expresé que no podía ser que demoraran un mes por un pedido de un producto ya pagado y que se encontraba a 1.200 km, siendo que enfrente de la concesionaria, hay un transporte que personalmente utilizo y que en un máximo de 48 hs hace ese envío y la entrega del paquete.

Esta semana acabo de comprobar que se agilizaron las entregas a un tiempo de una semana, y pude además, por esas “casualidades”, ver a un empleado de la firma concurriendo al transporte citado. Por supuesto que no recibí ni disculpas por el trato inadecuado que se me dio ni las gracias por haberlos despertado de algo tan obvio.  Otra falla que no beneficia al comercio.

Así pasa con los consejos. Muchas veces, uno, tras haber pasado por ciertos trances de la vida, ha adquirido experiencias que se siente tentado a transmitir a aquel que uno ve tratando de no ahogarse en el mismo trance. Esto surge por buena voluntad; sin embargo, salvo en el caso de ser pedido, el consejo por lo general no suele ser bien recibido.

Esto se debe a varias razones: por ejemplo, quien lo recibe, salvo que tenga su autoestima ubicada en el lugar adecuado, va a mirarnos como si acaso nosotros quisiéramos colocarnos en un nivel superior al suyo al aconsejarlo, en lugar de apreciar el consejo.

También puede ser que él no entienda todavía en qué pantano se encuentra y no comprenda ni valore, lo que se le ha dicho con la mejor intención. Pero mirado desde otro lado, le estamos quitando la posibilidad de salir solo del aprieto y así obtener un aprendizaje por el proceso.

Lo más inteligente sería aprender a escuchar al otro sin involucrar emociones o pensamientos que hagan parecer al consejo recibido como algo molesto o negativo. Muchas veces, quien recibe el consejo piensa en silencio: “A tí te ha pasado eso porque no eres tan inteligente como yo”, o también “¿Quién te crees que eres para darme un consejo?” o puede ser también que se le ocurra “Quieres desviarme de mi camino, para tu conveniencia y por eso me induces a eso”, pero lo más normal es el pensamiento de “crees que soy un inútil y que no soy capaz de salir de esto”.

En fin, no parece haber nada peor que dar un consejo cuando no se ha pedido. Me hace recordar el dicho hindú que reza: “No le enseñes a cantar al chancho; no sólo no va a aprender sino que se va a enojar” y así lo he constatado a lo largo de mi vida, hasta que comprendí que el silencio vale oro y decidí cerrar mi bocota.

En mi caso, como profesor, es distinto; mis alumnos pagan por mis consejos y toman buena nota de ellos, pero porque ellos se han decidido a escucharme y a aprender mis mañas de viejo zorro en ese tema.

En tal caso, les ofrezco sin egoísmos lo mejor de mi experiencia, y muchos de ellos lo valoran apropiadamente. Pero también los incito a no dar nada por sentado y a no desperdiciar los comentarios que recibirán cuando pongan en práctica su oficio, porque eso aunque no lo parezca es sumamente valioso; los ayudará a perfeccionarse, a conocer al cliente, a dejarlo más conforme,  y por lo tanto, a progresar.

Gran parte del éxito de mis cursos se debe a saber escuchar, y aún, a realizar encuestas a los alumnos sobre cómo preferirían recibir los conocimientos; luego, he realizado un “popurrí” con las sugerencias, de forma de poder conformar a la mayoría, y así todos quedamos contentos.

Analizando un poco más profundo, el rechazo a recibir un consejo tiene una razón psicológica: quien lo recibe, automáticamente suele tomarlo como que quien se lo da, no tiene confianza en su desempeño. Y cuanto más involucrado emocionalmente se encuentre con la persona que da el consejo, peor es; por eso es que a los hijos les encanta hacer la contra a los padres.

Cuando mi hijo tenía 15 años, yo intentaba alertarlo sobre tal o cual peligro, sintiéndome en la obligación como padre, dado que él no soportaba a su madre y había decidido vivir conmigo. Dado que a su vez, yo no había recibido sanos consejos de mi padre porque no había “feeling” entre nosotros, consideraba que debía cumplir con mi hijo de manera diferente.

Sin embargo, cada vez que le refería algo así como “Cuidado, allá hay un pozo en el que puedes caerte si no pones atención”, al rato lo escuchaba gritándome: “Iuuujuuuu… aquí estoy, en el borde del pozo, ya ves que no me he caído… ¡Te has equivocado!”. Entonces, debido a esto me detuve a pensar sobre el tema y decidí dejar de aconsejarlo gratuitamente, porque lo estaba poniendo en peligro; basta que le sugiriera el riesgo, para que él inmediatamente fuera a desafiarlo.

Así es con los consejos y las advertencias; son como flores que no se le deben regalar a los chanchos, ni a los perros ni a los gatos… sólo a quien lo está pidiendo, y lo más escueto posible, para que la otra parte no se sienta tratado como un tonto, es decir, de igual a igual para que no sienta que se le está disminuyendo.

Por eso Jesús cuando predicaba utilizaba parábolas en lugar de consejos directos, las dejaba flotando para que quien lo supiera valorar lo tomara y quien no, lo dejara pasar libremente, como quien oye llover.

Tal vez la persona que da el consejo lo haga con la mejor intención y con todo su amor, pero la otra parte lo recibirá y considerará como que no es aceptado, como que no se confía en su criterio, siente que no es valorado y por lo tanto que no es amado. Y esto sucede en muchas parejas, lo que finalmente terminará en discusiones y más tarde en peleas, siendo que el amor, sin embargo, no deja de estar presente entre ellos.

Cuanto más emocionalidad y sentimientos haya involucrados entre ambos, peor será el resultado del consejo. Por ejemplo, la mujer con su instinto protector tratará de “mejorar” a su pareja o a sus hijos, con todo su amor y preocupación; esto será percibido por ellos como falta de confianza y paradójicamente, como algo molesto que no contiene amor sino reproche; y entonces piensan: “Ella no me ama, sólo quiere molestarme”.

El hombre, por su parte, escuchará los lamentos de su mujer sobre tal o cual tema, y luego se verá tentado a aconsejarla, y a expresarle que no debe preocuparse, con todo amor. Ella lo entenderá como que él no comprende que su tarea era sólo escucharla y entenderla, y pensará que no la valora, que la cree incapaz y que la desmerece, y esto es seguramente, porque no la ama.

Y ella odiará recibir sus consejos, mientras que el hombre estará sintiéndose el héroe salvador de la circunstancia. Ella reaccionará mal, pero él no comprenderá qué es lo que pasa, y de allí a la frustración de ambos y más tarde al distanciamiento, al reproche, a la discusión y finalmente a la pelea, siendo que ambos se aman y quieren encontrarse y ayudarse, pero el consejo los ha separado.

Por eso, entonces, lo mejor, es dejar los consejos sólo para las raras ocasiones en que es solicitado, y cuanto más breve, más valorado.

Para finalizar, creo que cabe el cuento del hombre que pinchó un neumático al anochecer y detuvo su auto para cambiar por el de auxilio. Cuando se bajó del auto pudo ver que se encontraba frente a una larga reja a la cual había otro hombre aferrado, desde adentro, mirando hacia afuera, justo frente a él. Abrió el baúl, sacó la rueda de auxilio y en eso escuchó al otro hombre decirle:

“Señor, disculpe, mejor ponga la rueda de auxilio en la calle para que la vean los autos que vienen desde atrás y así no lo lleven por delante…”

El hombre pensó un momento y entendió que el consejo era muy conveniente, y respondió: “Tiene razón, gracias”, y sacando la taza de la rueda comenzó a aflojar las tuercas. En eso volvió a escuchar al hombre de la reja: “Señor, señor, disculpe… conviene que ponga las tuercas dentro de la taza así no se le pierden en la oscuridad”. El hombre analizó el consejo y concluyó que el de la reja tenía razón, y le hizo caso, pero la dejó demasiado afuera, hacia la calle.

En eso estaba cuando pasó un auto que no lo vio, pisó la taza y las tuercas salieron volando en la noche, hacia quién sabe donde. Allí el hombre se preocupó, dado que no podía asegurar la rueda de auxilio, pero volvió a escuchar:

“Señor, señor… no se preocupe, saque una tuerca de cada una de los otras ruedas, y con tres tuercas puede seguir viaje hasta una estación de servicio a comprar otras nuevas…”

El hombre se detuvo un momento y se acercó al de la reja, intrigado, para conocer al personaje que tan hábilmente lo aconsejaba, y le preguntó si vivía allí, y qué era ese edificio tan grande que había tras la reja. El otro le respondió que era un manicomio, y que sí, que él vivía internado allí. El automovilista, sorprendido, entonces le preguntó:

“¿Pero cómo, entonces usted está aquí encerrado por loco?” y el loco, algo molesto, le contestó:

“Sí, claro, estoy encerrado aquí por loco, pero no por estúpido…”

Creo que después de todo esto ha quedado bien en claro que no sirve dar consejos a quien no los pide…

El Sendero Del Ser. Bendiciones. Leo

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