¿COMO PODEMOS EVITAR LA TERCERA GUERRA MUNDIAL?

A todos los que hemos estudiado los procesos que se dieron en las dos primeras Guerras Mundiales no nos parece que los mismos síntomas se estén dando en la actualidad. Parecería que no estamos amenazados por el mismo fantasma, pero esta conclusión no es correcta.

Hace ya unos 30 años, analizadas las consecuencias de estas conflagraciones, se llegó a dos conclusiones que cambiarían el futuro de la humanidad:

1 – los países que intervinieron en los conflictos, y paradójicamente los que más sufrieron las consecuencias de la destrucción (Japón y Alemania) se recuperaron de tal forma de convertirse en líderes de la tecnología actual. Si bien la guerra los destruyó casi hasta los cimientos, eso mismo determinó la crisis a la que debieron enfrentarse, que una vez resuelta, los catapultó hacia los primeros puestos mundiales en el desarrollo tecnológico y económico.

La superación de las crisis tremendas que sufrieron los participantes de las guerras, que llevó a millones de personas a la muerte, a la miseria, a la desolación, dejó grandes traumas que se han prolongado hacia las sucesivas generaciones, tal como se demuestra en forma inequívoca cuando se participa en las Constelaciones Familiares. Pero demostraron que tales conflictos mundiales, en otros sentidos los fortaleció y a la larga, los benefició, lo que llevó a los líderes tras los líderes mundiales, a la inhumana conclusión, de que las guerras SON PERIÓDICAMENTE NECESARIAS.

Paralelamente, a los que manejan los piolines que manejan a los gobiernos mundiales, les proporcionaron un resultado fantástico en cuanto a lo que esperaban: la reducción de la población mundial, la puesta en marcha de un mecanismo productivo que enriqueció sus bolsillos (la carrera espacial, armamento, alimentos, remedios – cuyos “dueños” son lógicamente los mismos), la experimentación y experiencia respecto a futuros conflictos, y la creación de nuevas estrategias combativas.

Igualmente el desarrollo de nuevas tecnologías y artefactos mortíferos, la aplicación de nuevos tratamientos médicos para combatir nuevas enfermedades “aparecidas de la nada”, vacunas como solución ante el desarrollo de misteriosos virus mutantes, etc. En fin, todo lo que favorece al “gran negocio” de la guerra y de la muerte.

2 – También llegaron a la convicción de que la Tercera Guerra Mundial debía realizarse en escenarios controlados y limitados, como cuando dos niños amigos se juntan a jugar con la Playstation y a competir en un campo virtual, que tenga el resultado que tenga, no afecta a su entorno inmediato. Yo gano o tú ganas, pero luego seguimos siendo amigos y “haciendo negocios”. Esta filosofía nació paralelamente con la aparición del primer “jueguito”, el Packman.

Si tenemos en cuenta estos dos puntos importantes ya mencionados, y observamos las noticias en general (no en particular porque ya sabemos que la prensa y los mecanismos de difusión en general están manipulados) vamos a darnos cuenta de que estamos YA en medio de la Tercera Guerra, desarrollada en “escenarios limitados y controlados”.

¿Qué puede oponer el ciudadano común a estos maquiavélicos procedimientos? Desde el concepto de “defensa”, nada. La defensa o el contra-ataque son solamente respuestas que contienen necesariamente otra dosis de violencia que finalmente alimentará aún más el fuego de la violencia. La reacción física no hace otra cosa que pretender apagar el fuego, echándole nafta.

Sin embargo existe otra forma inconvencional e increíblemente efectiva en la que el ciudadano común puede oponerse: la resistencia pasiva. Esta resistencia pasiva va desde la toma de conciencia hasta la negación a la participación en cualquier acto de agresión a otro ser humano, sea en el campo que sea.

La participación activa o pasiva tiene muchos aspectos en los que se puede manifestar: por ejemplo, el soldado, aquella persona que en su necesidad de superar su debilidad y su falta de autoestima (o legitimar su necesidad de violencia), decide ser parte de una fuerza de combate enrolándose en la maquinaria bélica y entrenándose para situaciones “de guerra”, que toma orgullosamente como un deporte que lo convertirá supuestamente en “mejor sobreviviente” que los demás. Para luego poder manifestar orgullosamente: “Yo estuve en Irak (Iraq en su origen kurdo)”.

Como comentario, me hace gracia escuchar la fanfarronería del “boina verde” que se come el mundo, cuando va a participar del programa Supervivencia al Desnudo, y que al final, termina siendo auxiliado y contenido por su pareja de juego, normalmente una mujer que supuestamente carece de la preparación especial de su compañero.

Continuando, una forma apropiada es la negación permanente a realizar cualquier acto que menosprecie, rebaje o dañe a otro semejante, lo que deberíamos practicar en forma conciente y bien determinada a cada momento, en nuestro entorno, el trabajo, la calle, el deporte. Es decir, eliminar las pequeñas “mini-guerras” que mantenemos contra el vecino, contra el que va en el otro auto, con nuestro competidor, con nuestra propia familia.

Lo ideal sería que tomáramos conciencia de los maravillosos resultados que puede brindar el amor. A nosotros mismos, a los demás, a los animales, a las plantas, a la madre tierra. Si lográramos mantenernos en tal estado de amor y colaboración, al cabo de poco tiempo nos daríamos cuenta que esa bola de amor que hemos echado a rodar nos premiaría con resultados inesperadamente beneficiosos, en salud, en bienestar, en los distintos órdenes de la vida.

Lo que pasa es que nos han condicionado a pensar que la fuerza del amor es demasiado débil y los otros mecanismos nos darán resultados más rápidos y efectivos. Y no es fácil atreverse a pensar con otros parámetros y basándonos en nuevas creencias, pero el que lo logra, ya no puede volver atrás, porque comprueba su efectividad absoluta.

¿Qué podemos hacer para contrarrestar esta Tercera Guerra Mundial en la que nos quieren introducir? Disponernos a evitar todas nuestras “pequeñas guerras” cotidianas, bajar nuestro nivel de agresión, incrementar la paciencia, evitar hacernos eco de los problemas que no nos conciernen, probar de ser más generosos, más abiertos, más amorosos…

De a poco, por supuesto, (¡no sea que nos vayamos a enfermar!) para ir acostumbrándonos a escuchar al otro, a ponernos en su lugar por un momento, a ver el otro lado de la cuestión, a aceptar y tomar las cosas dándoles la bienvenida, a desafiarnos a ver si somos capaces de obtener jugo de las piedras, a ceder dentro de ciertos límites, a actuar siempre con justicia, a considerar las necesidades de los otros y también a darnos cuenta que muchas de nuestras necesidades no lo son realmente, sino que otros se han encargado de hacernos creer que sin su intervención no podríamos sobrevivir. Por lo tanto, de cada uno de nosotros depende, participar o no, de cada una de estas guerras.

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