QUINCE MINUTOS EN EL INFIERNO

Cuando yo tenía 10 años y me enviaban a cortar el pasto del jardín, de rodillas en el suelo y a tijera, ciertos personajes de ojos saltones le agregaban momentos de sobresalto y desconcierto a mi interminable tarea, cuando de pronto aparecían de la nada y a los saltos se dejaban ver alejándose de mí.

Se trataba de los sapos de jardín de piel rugosa y verde, con la panza blanca, y que a pesar de que yo no podía distinguirlos entre las hojas, sentía que me observaban para detectar mis movimientos y mi proximidad que ellos suponían peligrosa.

Ellos tenían miedo de mí y sin embargo, ni se imaginaban el miedo que yo tenía de ellos. Menos imaginaba yo en ese entonces que un ejemplar de su especie iba a dar vuelta mi vida, llevándome a vivir esa extraña experiencia que otros llamaban “los 15 minutos de infierno”.

Todo comenzó cuando decidí retomar mis estudios universitarios interrumpidos, siendo que hoy casi todos los que tienen mi edad sólo desean retirarse, descansar y disfrutar, pero a mí se me fijó la idea que en todo caso, de morir, debía hacerlo de pie como aquellos árboles que el tiempo seca y desnuda, pero que en ningún momento han cedido a arrodillarse ante la vida ni a perder su dignidad.

A pesar de que hacía más de 40 años que no pisaba un aula universitaria, decidí probarme y verificar si el tiempo y la edad habían deteriorado mis condiciones intelectuales.

Al poco tiempo de sumergirme entre cálculos diferenciales e integrales, me fui exigiendo y comprobando que aún conservaba la capacidad de razonar y comprender pero había algo que me estaba complicando: noté que mi memoria no era tan firme como antes, y fallaba cuando más la necesitaba.

Evidentemente había lazos interrumpidos en la sinapsis entre mis neuronas, porque a medida que estudiaba y me exigía, paralelamente soñaba o recordaba hechos que había olvidado por completo. Entonces relacioné que la memoria es una capacidad ligada al aspecto emocional, y allí me di cuenta que al enterrar necesariamente distintos hechos dolorosos del pasado, junto con ellos había sepultado muchos conocimientos y recuerdos. Mi mente no se oponía a razonar pero sí a recordar, aún cuando mis reflejos seguían siendo eficientes.

Me dije que era necesario sanar esos aspectos para recuperar mis condiciones y lo primero que se me ocurrió fue buscar ayuda y someterme a terapia, porque si de ese modo podía llegar a gestionar esos momentos dolorosos, aprendería a enfrentarme a ellos con tal de recuperar mi capacidad de recordar, porque ahora la necesitaba debido a las exigencias del estudio.

“Casualmente” no pude encontrar con quien hacer esa terapia; todos los contactos que me acercaban mis amigos no tenían turnos o bien no parecían estar interesados en ayudarme. Se me presentó la imagen como que yo fuera transparente y ellos no podían verme, y entonces cuando me lo pregunté, la respuesta pareció indicarme que no era por allí, que había otro sendero más correcto aunque yo en ese momento no alcanzara a descubrirlo.

A los pocos días una imagen amiga se me apareció de repente en mi pantalla mental y no demoré en contactarme con la dueña de ese rostro siempre sonriente, que en otras ocasiones me había llevado de la mano hacia adentro, hacia el ayer para buscar otros viejos dolores, ponerlos ante mis ojos y sanarlos de una vez.

Le conté sobre mis preocupaciones sabiendo que ella entendería, y enigmáticamente, sólo me respondió que ese fin de semana se hacía en el campo a orillas del río, una ceremonia especial, sin darme detalles de la misma salvo que era solamente para personas valientes y que me invitaba a acompañarla pero sólo si yo sentía de hacerlo. Que lo pensara y que luego le respondiera.

A esta edad ya sé cómo manejarme con mis miedos y sé muy bien que son sólo fantasmas que al igual que la niebla, se desvanecen cuando uno se dirige sin vacilar hacia enfrentarlos.

Concertamos finalmente encontrarnos a la salida del sol, en la orilla del Limay, río en cuyas cercanías nací, con la advertencia de que debía llevar ropa adicional para cambiarme porque con seguridad iba a llorar, a vomitar y hasta a perder el control de mis esfínteres. Esto prometía ser algo especial, desconocido y sin duda significaba una prueba severa que tal como ella me dijera antes, requería decisión, valentía y entrega.

Al amanecer me encontré allí con otras personas amigables y entonces me dije que no era el único que estaba loco, y desafiándome a mí mismo abiertamente, solicité ser el primero en vivir la experiencia a pesar de que no sabía de qué se trataba y sin darme siquiera la ventaja de ver qué les sucedía a los otros. Quemaba mis naves enfrentándome a lo desconocido, fuera lo que fuera, al todo o nada.

Sí tenía referencias de que se trataba de una sanación tras el paso por el infierno, pero entonces recordé un pensamiento que seguramente me fue inducido, una vieja frase que un día se me hizo luz en la cabeza: “Para que las ramas de un árbol lleguen a tocar el cielo, sus raíces deben adentrarse en el infierno”.

Estuve durante más de una década sumido en dolores permanentes luego de que cayera de espaldas desde un techo sobre una escalera de cemento, que no se calmaban ni aún durmiendo, y razoné que si esto persistía o se volvía peor, mi fin se acercaba porque soportarlos todo el tiempo estaba agotando mis fuerzas y contracturando todo mi cuerpo. Y que con los años, me sería muy difícil convivir con ellos ya que por la edad, no podría ofrecerles resistencia.

Pero también me dije que si no había muerto ni quedado paralítico en aquella instancia, algo mejor estaba la vida reservando para mí.

Caminamos hacia dentro del campo y allí fuimos invitados de a dos a una cabaña de adobe y piso de tierra, donde el facilitador me explicó que el rito consistía en abrir mi piel con una astilla ardiente y aplicarme allí una porción de veneno de la piel de un batracio que sobrevivía gracias a que ningún animal se atrevía a morderlo porque con seguridad ésa sería su última cena.

No di ningún paso atrás en mi intención y decidí entregarme a lo que fuera, al costo que fuera. Conozco de cerca lo que es la muerte y sé que está más allá del sufrimiento; en realidad lo que duele es vivir, no morir.

Entonces el facilitador me aplicó el veneno del sapito en ambos brazos mientras entonaba una canción monótona y ritual, y luego, necesité sentarme sobre una colchoneta en el suelo cuando de pronto sentí que el veneno entraba en mi sangre, y algo así como la muerte, o la vida, no supe bien, pero como un fuego abrasador se adueñaba de mi cuerpo.

Sentí un mareo que me desprendió de la conciencia, mi mente daba vueltas como si estuviera en una calesita, mi cuerpo comenzó a arder y mi cabeza pareció explotar envuelta en fuego. De pronto me faltó el aire y caí de espaldas sobre la colchoneta, abandonado porque sentía cada una de mis células gritando desesperadas y en emergencia extrema.

Antes de aplicarme el veneno del sapito, había tenido que tomar dos litros de agua y por tal causa me sentía descompuesto y algo dentro de mí pedía a gritos salir de mi cuerpo mientras que en verdad me pareció allí que me moría. Entonces entendí qué era lo que llamaban “el paso por el infierno”.

Entre momentos de conciencia e inconsciencia escuchaba la voz de él que me ordenaba meterme los dedos en la garganta a fin de vomitar, mientras que en emergencia y con los ojos cerrados, sin comprender lo que sucedía le obedecí porque su voz sonaba urgente y perentoria. Me di cuenta que sólo podía rescatarme si le obedecía, pero aún cuando sentía las arcadas no podía vomitar aunque mi cuerpo quería expulsar todo aquello que me atormentaba.

A pesar de que él estaba a mi lado escuchaba como desde lejos sus exigencias, cada vez más imperiosas, pero no podía obedecerlo. En la otra colchoneta cercana, otro “compañero de aventuras”, médico de muchos años, después me dijo que estuvo a punto de hacerme RCP porque su experiencia le indicaba que si no reaccionaba pronto, él sabía que me iba.

Mi mente me gritaba que necesitaba liberarme de eso porque de otra forma, si no expulsaba el agua, el veneno quedaría en mi cuerpo, y por fin, tras un tiempo que no puedo definir, llegaron los vómitos.

Esto hizo que me ahogara y confieso que me desesperé aún más, pensando que hasta allí había llegado mi experiencia pero algo me decía que debía entregarme, que debía soltar, que la única manera de recuperarme era expulsar todo ese infierno que quemaba mi cuerpo por dentro.

Mis músculos no me respondían, mis ojos estaban cerrados, ninguno de mis miembros me obedecía pero de espaldas en el piso un poco y de costado otro poco, gradualmente fui expulsando todo, entre toses y ahogos, hasta que de pronto surgió la catarata liberadora.

En realidad fueron sólo quince minutos pero me parecieron una eternidad; recuperándome como entre sueños escuchaba el cántico monótono del facilitador evocando a Entidades curativas, el sonido adormecedor de una maraca y en esos cantos me sumergí y pedí con todas mis fuerzas a las Entidades espirituales que yo sabía que me rodeaban, que me ayudaran a salir de esa situación desesperada.

He practicado experiencias de conciencia fuera del cuerpo y por eso reconocía como que mi alma saltaba de mi cuerpo y de alguna manera que no comprendo, sentía como que a pocos centímetros la atrapaba y volvía a mí. Esto sucedió varias veces y me hizo pensar si no era mejor dejarla ir, pero algo dentro de mí la atraía y la retenía, sintiendo una impresión como cuando una mano entra calzando justo dentro de un  guante.

Poco a poco fui recuperando la conciencia y el control de mis pensamientos aunque seguía expulsando líquidos en un balde que otro ayudante me sostenía cerca de la boca. De a poco me animé a abrir los ojos y mi curiosidad natural me llevó a mirar dentro del balde; allí había un líquido amarillo verdoso, denso y apestoso, que no podía imaginar que hubiera estado dentro de mí.

Me enjuagué la boca con agua varias veces y sin fuerzas quedé recostado de espaldas buscando recuperar el aliento en estado total de relajación; mientras tanto fui reconociendo formas y voces, pero aún mi cuerpo se negaba a responderme.

Recuerdo que el facilitador me tomó de un pie, levantó mi pierna y la soltó; ésta cayó como muerta y golpeó contra el piso de tierra de la cabaña. Eso me sacudió y me ayudó a ir tomando conciencia de mi cuerpo.

A los pocos minutos logré sentarme, con ayuda, y luego me levantaron y me ayudaron a caminar a los tropezones hacia afuera, a tomar sol y a respirar el aire fresco de la mañana. Creo que nunca en mi vida valoré como en ese momento la gloria de sentir el sol sobre mi piel y el aire campestre llenando mis pulmones.

Me senté agotado en un banco cercano, pero algo me hizo levantarme de inmediato; entonces caminé unos pasos y me senté en otra parte, pero otra vez me llegó la orden interna de levantarme. No comprendía, estaba sorprendido porque necesitaba sentarme y relajarme, pero desde adentro algo me obligaba a moverme.

Al día siguiente comprendí: ese “algo” o “alguien” dentro de mí me estaba diciendo: “Lázaro, levántate y anda, prueba y verás que ya no te duele caminar” pero yo no lo entendí en ese momento porque aún estaba atontado.

Cuando ya recuperado, tras una horas de reposo en las que parecía flotar, retorné a casa y sólo atiné a bañarme y acostarme; ese día dormí una cantidad de horas indefinida pero sentí una paz como hacía mucho que no sentía.

Para abreviar, desaparecieron gradualmente mis dolores de cintura y espalda; tengo tres hernias de disco y una vértebra quebrada por el accidente cuya astilla me presionaba el nervio ciático, y ningún médico quiso operarme en esa zona, lo que me hacía pensar a veces si no era preferible partir de una vez y terminar con esos dolores interminables que me acompañaban en todo momento.

En las ocasiones en que sentía mayor intensidad en el dolor, me conformaba diciéndome que eso justamente era para recordarme que aún estaba vivo, y no era otra cosa que el precio de seguir caminando, y que ese dolor era para recordármelo y tal vez, debía agradecerlo.

Bien, luego de mi encuentro con el sapito los dolores se fueron, la ansiedad también, dejé de tomar mi pastilla diaria para la presión, los anti-inflamatorios, los calmantes, los remedios relajantes.

Mi cuerpo se limpió de toxinas y por fin ahora puedo caminar a la velocidad con que me gusta, como siempre digo, “levantando viento”. Soporto horas de estar sentado, puedo estar de pie cuando antes me era imposible mantenerme más de tres minutos sin sentarme o apoyarme en algo, porque el dolor me vencía.

A los pocos días de mi experiencia con el veneno del sapito, los que pasé flotando entre el ensueño y el bienestar, prácticamente durmiendo todo el tiempo, se hizo la segunda parte de la curación que actuaba más sobre el aspecto espiritual.

A la primera experiencia le llaman “Kambó”, debido al nombre de una rana verdosa del Amazonas conocida por los indígenas de esa área y que ellos usan para curar los males corporales; a la siguiente, de índole espiritual (así me habían dicho) consistía en inhalar el humo del veneno del sapo Bufo Alvarius, del desierto de Sonora, México.

Esta vez no fue una aplicación directa sobre el cuerpo sino que se trató de fumar el humo de varias esencias, entre ellas, rapé y el vapor del veneno del sapito.

En esta ocasión también sentí el impacto energético en el centro de mi cabeza, perdí el dominio de mi cuerpo y en el medio de la frente, por dentro algo pareció explotar, pero me dejé llevar hacia casi la pérdida de la realidad. Para alguien que nunca había fumado, ese humo azulado me resultó algo tan desconocido y tan penetrante que mi cabeza parecía a punto de estallar.

Más tarde, averiguando en Internet, supe que el estallido de hormonas de la glándula pineal se produce en sólo dos momentos en la vida: al nacer y al morir. Por eso sentía que estaba muriendo y a la vez, renaciendo.

En un momento, el facilitador comenzó a presionarme con fuerza en los puntos de mi cuerpo en los que él veía contracturas y rigidez, haciéndome gritar de dolor como nunca grité en mi vida, revolcado en la arena y sin fuerzas para reaccionar. Cuanto más gritaba, más le estaba indicando que allí estaba concentrado el problema, y él más presionaba, hasta que terminó de recorrer los puntos problemáticos.

Casi sin aliento y con los ojos cerrados me abracé desesperadamente a los rayos del sol que recién asomaba y sentí como que algo mágico inundaba mi ser; allí en verdad sentí que todos somos uno junto con la Naturaleza.

Tras media hora de sesión me fui reponiendo y algo mareado y agotado, semidrogado, fui acompañado hacia la orilla del río, donde me dejé caer sobre la arena a los pies de un álamo y al borde del agua.

Buscando reponerme, contemplé el cielo, en un silencio en el que sólo escuchaba el murmullo del agua, relajándome y dejándome llevar por el ensueño; luego metí las manos en el agua fría y dejé que la corriente se llevara lo que me costaba soltar.

En esos momentos, recordé que el álamo quita los miedos y poniéndome de pie, me abracé un rato al álamo cuya sombra me rodeaba agradeciéndole que me ayudara. Luego, cuando decidí darme vuelta para regresar me encontré enfrentado a un sauce de la orilla, y allí entonces lo abracé también sabiendo que el sauce cura los resentimientos, de allí que antiguamente utilizaban su cáscara rugosa hasta que fabricaron artificialmente la aspirina, ácido acetilsalicílico que calma tantos malestares.

Al rato, ya repuesto y feliz, regresé a reunirme con el grupo y caminando por el sendero, de pronto sentí como el llamado de un árbol, algo apartado de allí. Me sorprendió, pero me dejé llevar por entre los arbustos, me acerqué a él y comprobé que se trataba de un eucaliptus; lo abracé también, con todo el sentimiento, y entonces se me ocurrió preguntarle: “Hermano… ¿Qué puedes ofrecerme para mi sanación?”.

Sentí de inmediato la respuesta en mi mente: “Aceptación” y luego de un instante en que me mantuve atento porque pareció que había algo más, “escuché” fuerte y clara, la palabra “Resiliencia”.

Bien, me dije, bienvenidas la aceptación y la resiliencia, las necesito sin dudas. Le di las gracias también y regresé al grupo donde estaban por turno comentando cada uno su experiencia. A mi momento, les conté lo que me había pasado con los árboles y sonriendo, el facilitador me preguntó, en su español argentinizado: “¿Sabes lo que te puse en el pecho no bien caíste en la arena? Esencia de eucaliptus; por eso aquel eucaliptus te sentía como un hermano”.

Hoy, feliz y sanado, doy gracias a la rana y al sapito, a las personas que me acompañaron en todo momento, a su apoyo y a sus abrazos tan fuertes que me quitaban el aliento, a las Entidades que me asistieron durante el ritual, gracias a la Naturaleza, gracias a la Muerte que siempre ha estado a mi lado para enseñarme y acompañarme.

Cierta vez, recuerdo que alguien con capacidades de videncia se asustó porque la vio a mi lado, pero luego se tranquilizó porque la Muerte le dijo que me acompañaba para cuidarme y enseñarme, que era mi amiga, que siempre lo fue y que siempre ha estado a mi lado en mis momentos difíciles, pero no para llevarme sino para asistirme y darme fuerzas para continuar.

Quienes me conocen se han dado cuenta que ha habido un renacimiento en mí, personas que antes se reservaban hoy se acercan a mí sin recaudos, y la farmacéutica de la otra cuadra debe estar extrañándose porque hace mucho que no voy por su negocio.

Hoy me siento rejuvenecido diez años, estoy recuperando mi concentración, mi memoria como en los viejos tiempos en que no era viejo, pero al igual que el Ave Fénix me fue necesario pasar por la muerte para resucitar a la vida.

Hoy no me cuesta caminar sintiendo que mi tronco está erguido y que mis ramas tocan el cielo, pero el precio de ello fueron aquellos duros minutos que me enseñaron lo que es pasar de visita, quince minutos por el infierno.

El Sendero Del Ser. Bendiciones. Leo

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